Llora por los rincones
el libro de la rana roja
ya nadie lo lee y llueve
lagrimitas por toda una hoja
Obra cinética de motivación desconocida y descontrolada









Primor se va a poner a bailar. Sacará de una las prenditas y le hará tal revoleo que saldremos todos cuete por la ventana, si tenemos suerte llegamos antes a la puerta. Es que primor le baila todo el día, dice que la música se la pone bien temprano, antes de despertarse ya anda sing sing sing y me dice track one/ track five, cuando le pregunto qué vamos a comer o la tomo del brazo antes que parta al escenario dibujado por ella misma, pero la muy desvariada ya partió y no hay tiempo para detenerla, no queda más que permanecer mutis cachorro, observando a primor cómo el ritmo la desenchufa, y ahí el exorcismo le empieza por los dedos y uno va adivinando por donde sigue sinapsis tras sinapsis, una redondez asoma al descuido y el ojo se posa como mosca : es el momento para agarrar el sillón a dos manos y apretar las piernas para no largar las ganas y embarrar el espectáculo, el ventilador que no existe sopla a nuestro favor san mandinga, llevándose la ropa, arrastrando gotas de un sudor que promete caminos revueltos / alienígenas, y admitimos felices como niños: nos gusta la confusión, nos encanta el desenchufe (por eso estamos acá) y primor no se detiene, aunque gritemos, eyaculemos, nos venga al menos un infarto, entonces damos un salto cuántico y ya empieza a tararear el track que suena, mordiéndose los labios deep deep deep deep deep deep deep deep /somewhere out there anywhere i don't care get me out of here.


En Brizna nunca había llovido. Por eso, cuando esa madrugada sentimos el ruido sobre el techo, no dudamos en salir. El agua caía del cielo como escupida por una gran boca, o como dijo una anciana parada en medio de la calle, “el cielo lloraba por nuestra desgracia”. La miré. La lluvia le corría por el cuerpo, mojándole los trapos que llevaba por vestidos. Con esfuerzo logré levantar la cabeza y mirar hacia arriba. El cielo era un gran fondo de agua gris, teñido de manchas negras y azules.
Llovía sobre la amarilla tierra de Brizna. Todas las cosas que había visto antes eran una sola, ahora encerradas en la misma palabra del olvido.





Tose. Sólo para emitir un sonido que rompa el silencio, para no sentirse tan solo. Repara en la mancha negra que ha crecido en una de las paredes, junto a la cocina. Es la humedad, piensa, y cuando respira, un poco de vapor se va en ese aire y supone que, dentro suyo, una mancha igualmente oscura ha ido extendiéndose, con lentitud, en cada una de las células que, a ratos, le parece, hilvanan el resto de su cuerpo.
(yo creía a los cinco que los átomos eran esos puntos que se mueven a través de la luz, yo pensaba que en mi mano atrapaba miles y los mantenía guardados en el bolsillo sintiéndome feliz, hasta que entendí, era sólo polvo en suspensión y nada más que eso, pero ahí tenía yo mi tesoro bien guardado, polvo de estrellas en la punta de los dedos)
Paseo por la casa en ruinas
busco algún abrigo para mi padre
me ofrecen uno lleno de agujeros
tan rojo como las puertas que acabo de pintar
que no son rojas -alguien me aclara-
sino burdeos o granate o corinto
cómo voy a abrigar a mi padre
con ese abrigo lleno de agujeros y de ese color
miseria la que albergamos
le digo a los ojos negros de mi hermana
suplicante ella repite no hay otro
éstos son los tiempos que habitamos
sigo buscando dentro del burdel
un abrigo para mi padre que ya está viejo
cuyos ojos con ese tinte de mar
perdurarán más allá de su muerte.
Zulema Moret





Alcanza un palito del suelo y hace como que escribe en la tierra. La chasquilla le cae sobre los ojos, con la otra mano la sacude, mientras los demás niños juegan a la pelota en medio de la plaza. Sentado en una saliente de concreto, las piernas estiradas sobre el suelo y la mirada huidiza en el codiciado balón. Sería lindo ir y revolcarse en el pasto, sería bueno lanzarse entre los dos petizos y el más grande, sentirlos golpear sus manos al ritmo de un five de película luego de un pase formidable. Pero Marco ahí, no va a levantarse. La cama de la madre se abre en su cabeza cobijándolo silenciosa. La respiración es suave, tan suave que Marco a ratos piensa que realmente no lo hará más. Que va a detenerse, antes de lo pronosticado. Sopla un vientecillo húmedo en la plaza, una lluvia se anuncia desde lejos. Marco observa sus zapatos llenos de tierra. Piensa en los granitos que van a ir cayendo a medida que de el paso, desde ese punto hasta la casa, unas cuadras más allá. El antejardín, la escalera, los zapatos de ella guardados en el closet hace tanto. Entonces se va. En medio de los juegos, nadie repara en su partida.
foto, S. Larbalestier









De pronto se da cuenta que no sabe lo que busca. La mujer ha estado abriendo todos los cajones, todas las puertas de los closets. Ha revuelto papeles, abierto cartas viejas, hurgado en carteras y bolsillos de antiguos abrigos. Se sienta en el borde de la cama y se queda un tiempo rodeada de cosas, que por un instante, le parecen absolutamente inútiles y concretas. Puede nombrarlas, una por una. Todas tienen un cómo se llama, una definición de la que se siente harta hace demasiado tiempo. Piensa en reunir todo y largarlo a la basura, junto a lo que quedó del almuerzo. El aire entra bruscamente en su boca, como si recién hubiera dado cuenta que el aire entra y sale del cuerpo. Y, mientras permanece absorta en este juego que comienza a inquietarla, todas las cosas aparentan haber aumentado de tamaño. Se ven pesadas y grandes, y ella se siente cada vez más pequeña, absorbiendo este aire, cada segundo que pasa, un inevitable más que hace cola en la lista eterna. Un ruido proveniente del exterior, el arrancar de un auto en medio de la tarde, le devuelve esa idea original, la que la llevó hasta el borde de la cama. Sin embargo, no logra recordar con precisión. Es, cuando la búsqueda se ha convertido en un objeto más, ahí, oculto en medio de todas las cosas. Entonces llora, llora desconsoladamente.










El avión sobrevolaba la Cordillera. Esos movimientos bruscos. Se agitan las bandejas de la comida. Tintinea el carrito del sobrecargo. Siga. Deslizo mi pierna derecha hacia la suya. Toco mi rodilla con la de él. ¿Por qué lo hace? No sé. Él da vuelta la cara , buscándome. Yo insisto en mirar por la ventanilla. ¿Cuántas veces? No lo sé, tal vez tres, o cuatro. Me acomodo. Estiro como puedo las piernas y vuelvo a rozarlo, esta vez, con mayor intensidad. Inclino los hombros hacia la ventana, el resto del cuerpo , contra su asiento. ¿Quería hablarle?. No. Tan sólo que él inclinara su pierna sobre la línea imaginaria que dividía nuestros asientos. Sentir la presión de sus músculos sobre los míos. Ceder ante su peso. Sofocarme bajo la tela de su pantalón. Que tapara mi boca. Pero él no lo hizo, ¿o si?. No logré que lo hiciera. La mujer del asiento del frente nos observaba. Para el aterrizaje, apenas conseguí mantener, por unos minutos, nuestras pantorrillas unidas. Un delicado sonido se produjo al frotar las telas de los jeans. Al bajar, ¿le dijo algo? Nada. Miré a través de él cuando intentó hablarme. Logró confundirse, como todos, entre la gente.




La mujer se da un baño de tina, largo y delicadamente perfumado. Cuando termina, emerge del agua con restos de espuma en el pubis, el pecho izquierdo y ambos pies. Se queda un momento frente al espejo, la espuma se convierte en agua y corre entre las piernas produciéndole una deliciosa y escalofriante sensación. Humecta el cuerpo con una crema ligera , cada porción, para que al paso de los dedos se sienta tersa y suave. Un pequeño goce antes de partir, antes de vestirse con la ropa delgada, antes de calzar unas sandalias de taco alto, negras. Seca el pelo con el aparato en posición 1 para no resecarlo, lo deja apenas húmedo, luego pinta la boca con un delicado labial rosa. Baja las escaleras y sube a un taxi. Mientras viaja, siente que la ciudad se le ha querido meter bajo el vestido, que por las pantorrillas recorren autos y motocicletas dirigiéndose todos hasta su entrepierna buscando desesperadamente un calor guardado, un reclamo de ternura que más parece una súplica. Las luces son los ojos y le hacen guiños grotescos, demasiado evidentes, piensa. Cierra los suyos y pellizca el pezón izquierdo, con el índice recorre un camino imaginario hasta la punta del zapato. Baja del taxi y se desliza como un fantasma hasta el departamento 126, saluda a los conocidos y busca una copa de vino blanco. Escurriéndose entre unas mesas y un cuerpo que parece buscarla, encuentra un balcón que la rescata. Va hacia la noche, quiere hacerse negra, negra como un gato o una sombra. Enciende un cigarrillo, en las volutas que se dirigen al cielo ve dibujadas extrañas historias. Bajo la falda, escondida entre las piernas, la ciudad le camina con urgencia, desesperadamente solitaria se abre paso sobre su piel, desgarrando las pantaletas, penetrándola con ferocidad, La Desesperación Brutal de los dolidos, de los locos callejeros que no temen ser castigados cruza el umbral, desemboca en el túnel que espera a la ciudad adolorida y la convulsa sin cesar, ella ondula la pelvis acariciando el aire, la ciudad lame y muerde sus carnes y no deja de embestirla contra el ventanal, ella gime suavemente, para qué decir una palabra si el viento flamea algunas indecibles, todas esas que ya se dicen y vuelan por otros balcones y ventanas, bañadas en salivas untuosas y espesas sobre extensiones de piel que arden, se retuercen y tiemblan como la suya que es toda Lengua Voraz Humedad Abrasante, arreboles que se extinguen cuando abre los ojos y las luces, frías pupilas de cadáver, no la ven, la confunden con la pared, el marco de la ventana, el humo de un inanimado cigarrillo.

Hay un incendio en la palma de mi mano, sin dormir, noche más noche y vino, gran combinación, tinto y plúmbeo como buscaba esa vez esa palabra que era como pastel de chocolate...y ahora ese motorcillo que me guía, un botón rosado y duro me comanda y sólo pienso en espesuras,es que escribir y calentar el aire sin ser, como decirlo calentona o puta derechamente y labios que hurgan sin saber su paradero, sin punto en el espacio para la orientación, sur oeste o allá, no hay norte o sí, perdido entre las piernas y hay que buscarlo hay que agarrarlo y torcerse y seguir apretando/se y las manos malditas tan mínimas para atrapar tanta ferocidad y golpear el cojín del sofá que es el colchón de las búsquedas con uno mismo y un oleaje con aguas revueltas y algo suena pero está en la cabeza esa voz, lejana, que ya ni recuerda por el nervio de no decir una estupidez hasta que llega el grito ahogado, se instala y es largo y no termina nunca, marea mirando mares malignos mundanos melancólicos mientras muero ... digo apretando los dientes con la mano acá y allá para no decir lo obvio la letra esa, pequeña minúscula de músculos/ montañas, me siento inmensa, penetrante, penetradora, mi cabeza cuelga y el pelo toca el suelo, veo mis rodillas y la punta de los pies, hermosos, solitariamente a gusto, respirando.
Me senté a escribirte y mira lo que salió. Es de no creer cuando a uno le da por pensar tanta cosa. Ya se me ocurrió incluso que podía ser el té, porque casi nunca bebo té y éste dice en la etiqueta que es inglés, blackcurrant tea y unos dibujitos de zarzamoras enanas me hacen dudar de sus efectos sobre mi cerebro. Decía que te escribo porque aparte de lo del té, me vino un impulso tremendo por contar y escribirte lo que me estaba pasando. Ni siquiera pude terminar ese libro que tanta gente recomendó por ahí, no sé, seguro esperaba algo que me dejara resonando como eco en la cabeza, así como ese libro pequeño de la Woolf que ya te he contado, pero lo leo, no lo voy a dejar botado, no. Y no sé si es por culpa del té, aunque no quiero seguir pensando que es por su causa, que me pasan cosas raras por la cabeza, como ahora mismo en que quisiera ser otra. Otra en un departamento con balcón pequeño de esos con baranda de fierro forjado con hartas vueltas y recovecos pintado de blanco desgastado y algunas plantas en maceteros de latón, y un gato amarillo, uno como el de Helen Ripley en Alien el Octavo Pasajero, y por supuesto ando en calzones y camiseta, descalza con el pelo suelto, suena Lakmé de Delibes (el Fleur Duet, así me entiendes bien) y del balcón se alcanzan a ver las panties colgando de la ducha que escurren sobre las baldosas blanco y negro, porque el depto es pequeño pero tiene un baño de porte decente con tina antigua y patas de bronce y una ventana que da a un cajón que la mayoría, no sé por cual motivo, llama patio de luz, sobre todo la señora de al lado que además vive con ese perro hediondísimo, dios mío si solo pasaras por su lado no sabrías si lleva al perro encima pues se han confundido. Una que otra vez llama para que la ayude con las ventanas y los radiadores, samaritana yo, me dedico luego a observar, mientras ella busca un chocolate rancio, las fotografías que apenas se sostienen en un minúsculo arrimo y es la misma cara de ahora pero el brillo ese en los ojos no está más, algo se lo ha llevado para siempre. Igualmente espío a un vecino que también tiene un gato, pero negro. A veces lo viene a visitar una chica y hacen real alboroto, eso me intriga, me gustaría saber qué pasa ahí, cuando ella pone el pie en la habitación, cuando cruza el umbral, si comienza a desvestirse antes, en el pasillo, aunque no sé si la distribución es como ésta, con el pequeño hall a la entrada y la cocina a la derecha y al fondo el mínimo livingcomedor, y después otro pasillo con los closets y al fondo el baño y entre medio el dormitorio ( ahora así descrito no parece tan pequeño, pero es que yo no sé describir departamentos), y también me pregunto si ella se sentará en la cama hasta que él ponga algo de música, si lo espera con las piernas separadas o juntas, si abre bien la boca o aprieta los dientes, si le dice algo terrible al oído cuando se aman, si en realidad se aman, o sólo se tocan, se meten el uno en el otro, él tratando de sentir como ella, porque le inquieta, qué hay debajo de esa chica que mueve el cuerpo como si se echara a volar de la fiebre, como si el mundo fuera una bola, tan solo una bola por la que hay que caminar haciendo un equilibrio de trapecista chino, como esos del Cirque du Soleil, con los dedos enroscados y se dobla y desdobla y grita, gime con tantas voces que él atrapa con las manos y las guarda en el cajón del velador para cuando ella se ha ido, con el sólo propósito de escucharlas nuevamente, y la chica también se pregunta cosas, qué hay debajo de ese cuerpo que pide calor como quien pide auxilio en medio de una carretera desierta, como cuando vas al norte y el mar parece tan cerca pero es un despoblado, que ni las olas te saludan de lo lejos, casi ausentes, entonces me digo que agarro al gato mejor, que me vuelvo al té y cierro la ventana y pienso que al balcón le hace falta una mano de pintura , que mira cómo se nubló el día y el recuerdo se queda rebotando, imagenes ajenas salpicadas de luz propia, que la vecina hace días no se oye, quizás ha muerto y el conserje va armar un lío, nada de ancianos habitando como locos enclaustrados, aullando por un tiempo que pasó, mejor me pongo los pantalones y le doy de comer a Jones, y que seguro todo esto es por el té, porque casi nunca tomo té, y este que se supone es inglés, bueno, eso dice la etiquetita. Blackcurrant tea, 10 bags-sachets, Ahmad Tea. London.




Por qué lloramos , te decía yo, por qué vamos del cuerpo, de las pieles encendidas como faroles, a plena luz, en esa cama, la música sonando (sí, debe ser esa música y el café que se enfriaba mientras íbamos apagando las luces) a la humedad en los ojos, y la mirada atravesando las paredes, al otro lado de la calle, mirándose uno mismo, bajo la lluvia, el agua corre por la cara, revelando una imagen desconocida, y pestañeas, tubos de escape, vidrios empañados, y te quedas viendo, quieto, en ese instante que es la foto que observaremos más tarde, mientras tu mano, o la mía, porque ya eran como una sola cosa... y por qué lloramos te repito, si la alegría nos sale como a chorros, volcánicas risas, pero lloramos, es que es esa canción, esa musiquita tarareada lentamente, bien adentro, y el café ya frío se quedará hasta mañana en la mesita, y cuando tomes la taza para llevarla a la cocina, me preguntarás, por qué lloramos un agua tan fría, entonces digo, hay que comprar otro café.




Tomo un libro que descansa sobre el velador. Pero no leo, sólo lo tomo entre las manos y lo acaricio, como si en este gesto las letras ahí dispuestas se compadecieran de mí, y en un acto de mágica benevolencia, me transmitieran sus mensajes descifrados. Todo descansa sobre un par de nubes que como esponjas absorben el tiempo quieto que se desliza sobre las paredes. Pobre incauta, he de dejar que aquel insecto se pose sobre mi mano. Cierro los ojos, la levedad continúa, el mundo afuera sobrevive, sempiterno.
Me fui, acá queda algo pero en realidad no estoy, me he ido, no sé donde estaré ahora, en este preciso instante (ahora cuando lees y seguramente tomas tu café y tu música suena), metiendo los pies, lo 4 pares al agua mansa, llenando el estómago de arándanos azules, fumando y capeando al viento que no quiere el pucho, buscando el lápiz a media noche, a medio camino, en un lugar en plena carretera, media calle sola y llena, medio mundo extraño, a medio vivir, para escribir/dibujar/rayar algo.